La vida. A veces, la vida se nos pone tan cuesta arriba que no logramos identificarnos a nosotros mismos… ¡Nos perdemos! Y con ello, perdemos todo el sentido de nuestra existencia, perdemos el propósito de ser cristianos. Y es que no importa cuál sea el detonante de la tristeza, la soledad, el miedo o la angustia; la tormenta se siente tan grande, que sentimos un temor similar al de los discípulos en la barca cuando Jesús dormía. (Mateo 8: 23 – 27)
Se nos olvida qué Jesús atravesó el Camino de la Cruz, no solo porque debía padecer el dolor para dar la Salvación al mundo, sino porque quiso dejarnos el testimonio, con su propia carne, de cómo atravesar nuestro propio dolor. Cada uno de nosotros – sus hijos por gracia- estamos llamados a vivir nuestro propio vía crucis.
Acompáñame a reflexionar un poco los misterios de dolor del Santo Rosario:
La oración de Jesús en el Huerto de los Olivos:
Cuando rezo este misterio, pienso mucho en la naturalidad con la que Jesús sintió agonía, desesperanza, miedo, soledad. Imagínate: sabes que vas a morir de una manera cruel, te queda poco tiempo con los que amas, y no puedes hacer mucho para cambiar ese destino; lo eliges por amor, pero aun así te duele.
¿Has experimentado estas emociones? ¿Has tenido que elegir un camino por amor y, aun así, sentir mucho dolor? ¿Estás identificado/a? Yo sí.
Me gusta mucho imaginar la oración de Jesús hacia Dios Padre, con un abandono incondicional hacia su Voluntad, y confiándole estos sentimientos que pueden ser agotadores para nuestra alma. Hoy deseo que puedas encontrar un espacio para abandonarte en oración a tu Padre Celestial, y que con confianza puedas contarle cómo se siente tu dolor, aunque la vida sea díficil.
¿Has visto la escena de la película “La Pasión de Cristo” cuando azotan a Jesús? De fijo no se acerca a lo más mínimo de lo que realmente Jesús vivió, pero que difícil es no sentir que algunos momentos de nuestra vida se sienten como una flagelación en el corazón.
Son necesarios estos momentos de dolor inquebrantable y desgarrador, necesitamos mostrar a carne viva nuestras heridas, ser vulnerables ante el dolor, aceptarlo, abrazarlo y dejarnos “azotar” por las situaciones que nos sobrepasan. ¡Es necesario! Nuestras fuerzas deben debilitarse para que entren las de Dios, ¿no crees?
¿Una corona de espinas? ¡QUÉ! ¿Cómo un Rey se permite coronar con un objeto que causa dolor? Bueno, una corona, que es símbolo de realeza en aquel contexto se convierte en un objeto de humillación… Pero es que, con Dios, todo toma un sentido diferente. ¡Jesús dignifica el dolor! Él, por su divinidad, toma el dolor humano para regalarle un sentido distinto, un sentido divino. No debemos sentir vergüenza por llorar, ni miedo por sentirnos abrumados por la vida misma, porque Jesús ha dignificado nuestro dolor.
Mucho hemos escuchado en el Evangelio sobre “Tomen su cruz y síganme” (Mateo 16:24) pero ¿cuánto le hemos hecho caso? Lo cierto es que, tomar nuestra cruz no solo simboliza nuestros pecados, sino también el dolor humano que podemos experimentar a lo largo de nuestra vida; como decía al principio, la vida muchas veces se pone cuesta arriba. Sin embargo, quiero recordar que, así como Jesús tuvo al Cirineo en su caminar con la cruz, nosotros nos rodeamos de personas dispuestas a ayudarnos con nuestra cruz.
Ojalá, hoy podás reconocer a los cirineos que hay en tu vida, sea la iglesia, familia, amigos, pareja o compañeros del trabajo. Dios siempre se encarga de mostrarnos a una persona que nos puede apoyar y levantar cuando caemos por el peso de nuestra propia cruz.
“Jesús gritó con fuerza: – Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”. Mt 27:46
¿Te ha pasado que sientes que Dios te ha abandonado? Realmente esta expresión de Jesús en la cruz sigue siendo un misterio para mí, pero sin duda puedo entender que la Presencia de Dios no se ha ido de tu vida, no hay un abandono hacia vos. Porque cuando la soledad se hace mayor, cuando creemos “morir” de dolor, Dios nos recuerda que está crucificado a nuestro lado. ÉL, recibe con nosotros esta cotidianidad que muchas veces nos aplasta, y así, con la misma fuerza que lo hizo Jesús, podemos clamar al Cielo pidiendo la presencia de nuestro Padre.
Cuando les hablo del dolor de Jesús en la Cruz, lo reflexionamos en semana santa o en algún otro momento de nuestra fe, debemos recordar que la Resurrección es el verdadero final de la historia, y que tu dolor, tiene la Salvación como meta. No transitamos por el desierto sin motivo alguno o solos; es en el desierto, cuando nuestro espíritu está más anuente a dejarse acompañar por Dios.
Quisiera cerrar con una estrofa de la canción “Todo fue por amor” de Carla Morrison, que recientemente me ha recordado al infinito amor de Dios cuando me toca transitar por el dolor:
“Imaginarte, verte sonreír, borrar tus penas, hacerte feliz, que en mí pudieras confiar y sentir que la vida no era siempre tan gris. Mostrarte el cielo y echarte a volar que las estrellas pudieras alcanzar que siempre conmigo podrás contar, que todo fue por amor.»
Deja un comentario