Desde niña uno de mis grandes sueños ha sido estar camino al altar y casarme, tener a ese
compañero incondicional que me acompañe el resto de mi vida y quiera agrandar nuestra familia con hijos. Por lo que, en mi adolescencia por medio de mis oraciones a Dios, le pedía un esposo que me amara y respetara. Todo como si fuera una niña pidiendo su regalo a Santa Claus, tanto que le
especificaba como lo quería, creo que sueno muy caprichosa con esta petición
tan grande y específica que le hice a Dios, pero la verdad es que; si me lo dio, tal cual lo pedí.

En mis oraciones le pedía a Dios que Él me pusiera en el camino ese esposo que yo pedía, que yo no lo buscaría porque confiaba en su voluntad y tiempo, y así fue.
Un día cualquiera de septiembre en mi adolescencia llegó
alguien, sin saber quien era no podía dejar de sentir algo más que atracción,
sino como una conexión más espiritual. No creo en el amor a primera vista, y
recalco que no fue amor a primera vista, fue una conexión difícil de explicar que
sentía el impulso de conocerlo, llamaba muchísimo mi atención.
Empecé a preguntar por él, por lo que me llevó a invitarlo a salir después
de muchas charlas que nuestros amigos nos impulsaban a tener. Él era la
persona más callada que había conocido o no sé si mi nerviosismo me ganó y
yo hablaba mucho en nuestra primera cita, pero lo poco que él me decía era
interesante para mi. Cuanto más lo conocía más me agradaba la idea de seguir
entablando una relación con él, que cada vez era menos callado y empezaba a
mostrarme a una persona lleno de amor que no lo sabía expresar.
Fue muy difícil comprender como le era difícil expresar algo que para mi
era fácil, pero además de que comprendí que no todos somos iguales, entendí
que él ocupaba una base firme llena de confianza y eso empecé a generar en
el camino, un espacio de confianza entre nosotros; esa persona callada e
introvertida se halló y poco a poco pudo desenvolverse en nuestro pequeño
espacio, que al tiempo agregamos comunicación, amor y respeto. Conocí
también cosas que no me encantaban de él y él de mi e implementamos plan
de mejora para ambos en nuestro espacio, que su vez se requirió de tiempo.
Esa persona que llegó a mi vida de la “nada” y que “raramente” tenía
todo lo que en mis oraciones le pedía a Dios, se convirtió cinco años después
en mi ahora Prometido. Él es para mi, la persona que más amor tiene para dar
que yo haya conocido, da sin esperar nada a cambio. Ya no es para nada
callado ni introvertido, porque para nosotros el noviazgo fue nuestro gran
momento de conocernos y crecer juntos, porque yo también conocí cosas de
mi que ni sabía que era posible de hacer, como de tener confianza de mi
misma o fortalecer mi carácter.
Nuestro noviazgo también ha tenido sus malos momentos, como que por
mi falta de confianza a mi misma, ansiedad y depresión en su momento, creía
que no podía estar con él, porque sentía que lo metía en mis “problemas”,
quería alejarlo para no ponerle el peso que yo misma me generaba, sentía que
él podía ser feliz con alguien más y a mi me dejaba con mis “problemas” metida
en hoyo oscuro, negativo y depresivo que tuve en un momento de nuestra
relación por temas que no lo involucraban a él y no quería involucrarlo.
La verdad es, que él se quedó y me apoyó. Estuvo conmigo en mi
recuperación, ya que la depresión tanto afectó mi estado emocional como
físico, no me criticó y me incentivó a tomar terapia. Además de que Dios estuvo
como un padre amoroso ayudándome, también vi que sus regalos más grandes
son darnos a personas, tanto amigos que de hecho tuve muchos, como a mis
papás y mi prometido. Ahora estoy saludable gracias a Dios y esta situación de
mi vida solo me hizo amarlo más y agradecerle todos sus regalos, sirviéndole a
Él.
Pero este momento de mi vida lo podemos dejar para otro artículo, este
es sobre mi decisión de amar a mi prometido. Como les mencioné, tanto mi
prometido como yo tenemos nuestras cosas malas, no somos cien por ciento
buenos, aunque lo intentamos, pero si somos perseverantes. Aceptamos el
hecho de que tenemos nuestras cosas malas, pero también procuramos
mejorarlas para el bien de la relación. Decidimos amarnos, ¡Si, decidimos!,
porque cada mañana decidimos amarnos a pesar de nuestros problemas o
ánimos. Decidimos dejar de lado nuestras diferencias y primero recordar
nuestra decisión de amarnos por el resto de nuestras vidas. Decidimos caminar hacia el altar de Dios,
Con mi futuro esposo, regalo de Dios, estoy a seis meses de decir
Acepto en frente de Dios. Mi relación comenzó en Dios y seguirá en él.
Construyendo mi nuevo hogar sobre la roca que es nuestro señor Jesús. Les
puedo aconsejar muchas cosas desde mis vivencias, pero las dos cosas que
más les aconsejo es, primer decidir amar cada día, viendo el amor como una
decisión y no como un sentimiento momentáneo y segundo que cada relación
fluya de acuerdo con la voluntad y tiempo de Dios.
Con amor, Dayana Alfaro
Deja un comentario